A la sombra de María recordamos a Georges

Este mes de septiembre 2018 estamos viviendo todavía a la sombra del Huracán María que nos arrasó el 20 septiembre del 2017. Naturalmente nos hemos enfocado en recordar cómo fueron esos días en que vivimos la angustia de los estragos mientras nos ajustábamos a la nueva realidad puertorriqueña distópica y apocalíptica como en la saga de Mad Max. El jueves 20 de septiembre 2018 tuve el privilegio de asistir al lanzamiento (en la librería Norberto González de Plaza) de Crónicas de María, un junte para la historia puertorriqueña donde muchos literatos, historiadores, arqueólogos, dibujantes y artistas plásticos recopilaron su sentir en un hermoso libro. Se los recomiendo pues está excelente este libro con poemas, ensayos, tirillas cómicas, posts de facebook y el hermoso cuadro de la Guernica Boricua en la portada. (puedes leer mi reflexión sobre María aquí)

Todo esto me llevó a reflexionar sobre los huracanes y otros desastres naturales y lo ingenuo que somos los humanos, pues siempre tenemos la audacidad de asombrarnos y lamentarnos cuando nos azotan estos eventos de fuerza mayor como si fuera algo nuevo e inesperado… Pues así rebuscando en mi casa cosas viejas, que afortunadamente guardo y anoto, encontré una crónica que yo había escrito para la revista de mi trabajo sobre el Huracán Georges que nos azotó en 1998. Me gustaría compartirla con ustedes pues, el asombro ingenuo ante la magnitud de la naturaleza, es el mismo que volvimos a postular 19 años más tarde cuando nos azotó María y nos hirió de muerte. En la época de Georges mi realidad era otra muy distinta a la de hoy: era bastante joven, mi hijo tenía 5 años, trabajaba desde mi hogar como intérprete y quiero creer que era más ingenua que ahora…

A la sombra de Georges

Todos sabemos la tragedia que aconteció en la Isla del Encanto y sus hermanas islas el 21 de septiembre 1998. El huracán Georges fue el más terrible del siglo XX en Puerto Rico, con ráfagas de hasta 118 mph. En la zona montañosa, cuna de nuestro querido café, causó estragos y hasta hubo tornados. En el 1928 hubo otro huracán llamado San Felipe y mi abuelita me contaba que lo pasó en una tormentera. Desafortunadamente, ya no hay de esas o yo me hubiese metido en una para pasarlo…

Lo que no saben amigos es que esta intérprete trabajó todo ese lunes bajo rayos, truenos y centellas. Los clientes decían, ” Tienes mucha estática en la línea”. Yo les respondía que era la lluvia. Fue un día muy extraño y tragicómico. Estuve muy ocupada, sin respiro, como todos los lunes, resolviéndole problemas a los demás: una doña peleando hasta la muerte porque le cobraron $1.50 demás en sus llamadas a Cuba,  otro señor no podía retirar fondos del banco porque calculó mal su balance, otros quieren electricidad, otros quieren servicios. Todo el mundo pensando que su problema era lo más importante del mundo, mientras esta humilde servidora corría en las pausas a ponerle cinta adhesiva a las puertas de cristal, a recoger todo lo que pudiera salir volando del patio, almacenando agua potable y haciendo hielo suficiente para desencadenar la próxima era glacial…

Podrán comprender que ninguno de mis clientes ese día generó ni una onza de solidaridad de parte mía.

El huracán fue apocalíptico, sonaba como si toda la furia de Dios se hubiese desatado sobre nosotros. El viento clamaba a gritos para meterse en nuestras casas. Las puertas de la casa peleaban por aferrarse a sus marcos y cerrojos. Mi madre se puso a rezar, mi hijo dormía plácidamente el sueño de los benditos y yo daba vueltas en la cama como Pedro Picapiedra en la casa embrujada, sin poder concebir el sueño. 

Dicen que varias personas murieron de ataques al corazón durante la tormenta. Yo les digo que es fácil imaginar como alguien que esté solo oyendo el alarido feroz del viento y los tumbos de la lluvia muy bien puede sufrir un infarto.

En mi imsomnio me puse a pensar que los hombres del siglo xx pensamos que hemos domesticado a la Naturaleza. Hemos “dominado” los ríos sacándolos de su curso para utilizarlos a nuestra conveniencia. Hemos aminorado el calor instalando abanicos y aire central. Áreas que antes eran agua las compactamos para que el hombre viva en ellas. El desierto está poblado y la tundra también. Todos estos planes y diseños nos hacen sentir poderosos, confiados y seguros. Hasta que un día las fuerzas dormidas de la Naturaleza, que se rigen por un orden mayor que el hombre, se desatan y arrasan con todos nuestros planes como si nuestros edificios no fuesen más que construcciones de Legos…

Los días después del huracán fueron los más difíciles. Nadie sabía que iba a ser tan arrasador. No había agua ni luz. Había que hacer fila en un oasis para llenar unos cuantos cacharros de agua, hacer fila en el banco, fila para comprar comida, fila para comprar algo frío, mi garganta clamando a gritos , “Mi reino por un vaso de agua helada”. La gente se peleaba por una bolsa de hielo. Días limpiando la casa de escombros, sacando el agua del techo, ríos de lluvia bajando por los tragaluces, barriendo el agua en casa por tres días, secando todas las fotos, libros, la colección de discos de pasta, cartas y libretas al sol para poder salvarlos, botar con lágrimas en los ojos toda la comida que se dañó en la nevera. Acostarnos con las gallinas cuando se esconde el sol y levantarse cuando asoman los primeros rayos de sol. Un pequeño radio era el único contacto con el mundo exterior. La escuela de mi hijo quedó sin techo y tuvieron que mudarse por 6 meses a otro lugar en lo que reconstruían. Salir a la calle era peor que montarse en una montaña rusa sin cinturón de seguridad: ni un solo semáforo sobrevivió a Georges y las calles vibraban al ritmo de SÁLVESE QUIEN PUEDA…

Luego de tanta queja y angustia personal, comienza el trabajo y a volver a la semi normalidad. Me voy dando cuenta que lo mejor de mi trabajo es que desde la sala de mi casa y en la ropa que me de la gana, puedo tocar tantas otras vidas con el sonido de mi voz. Las cosas que se oían eran increíbles: me fui al refugio y cuando regresé no quedaba más que el baño de mi casa, la lavadora salió volando, lo perdí todo menos unos cuantos trapitos que recuperamos río abajo… Primero la naturaleza me recuerda que no somos los dueños del planeta y luego el trabajo me proporciona una onza de humanidad. Yo molesta por mis daños y el calor, mientras otros no tienen ni casa ni ropa que ponerse…

Doy gracias a Dios que mi casa sigue en pie y que mi familia está bien. Gracias también doy por la lección de madurez que me dio mi hijo de 5 años, pues en todo momento siguió jugando, trabajando y comiendo sin jamás llorar o quejarse de nada. Cuando lo mudaron a una nueva escuela temporera le pareció una gran aventura. Gracias a Dios que mi trabajo me abre una ventana al mundo desde mi hogar que me permite mirarme desde afuera para ponerlo todo en perspectiva y orden. Gracias a Dios que todavía puedo sentir y ayudar a los demás. Gracias a Dios por mi pueblo puertorriqueño que, a pesar de todo, sigue siendo luchador y es maravillosa la rápidez y la entereza con la que hoy se levanta.

Y aquí empieza y aquí termina lo que el huracán Georges se llevó….

 

Al leer esta crónica de Georges se me paran los pelos , pues pudiese haberla escrito durante María, solo que los destrozos y perdidas fueron mil veces peor. Según un estudio de Harvard hubo  más de 4,600 de muertos (https://www.eltiempo.com/mundo/eeuu-y-canada/cifra-de-muertos-por-huracan-maria-en-puerto-rico-223892). María nos atacó tumbando redes de electricidad, internet, celular y dejándonos literalmente incomunicados en la oscuridad y de rodillas. Leyendo esto veo que había olvidado la fuerza y devastación de Georges y cuando vino María yo también puse cara de boba sorprendida. Supongo que es un mecanismo de defensa que los seres humanos olvidamos para sanar y seguir adelante. Será por eso que siempre que hay un desastre volvemos a poner cara de bobos y decimos, ¿cómo es posible?  Imagino que la madre naturaleza se nos rie en la cara y nos contesta, “No sé cómo te cantas sorprendido si siempre que te azoto lo hago igual, sin tapujos ni mentiras, a calzón quitao con toda la furia que llevo adentro”

A la sombra de Georges y María, y muchos otros huracanes y desastres que no he vivido en carne propia, tenemos que echar pa’ alante y seguir andando. Prohíbido olvidar para que la próxima vez estemos un poco mejor preparados y no pongamos la consabida cara de bobos cuando nos agarren sin los pantalones puestos. Y a la Madre Naturaleza hay que guardarle el respeto que es debido para que no tenga que darnos lecciones de vez en cuando azotándonos con su furia devastadora.

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